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LOS SONIDOS DEL SILENCIO. ELABORACIÓN Y APROPIACIÓN SUBJETIVA. Mª Elena Sammartino

Marzo 2020

LOS SONIDOS DEL SILENCIO.  ELABORACIÓN Y APROPIACIÓN SUBJETIVA.

María Elena Sammartino

 

Introducción

 

La reelaboración (durcharbeitung)  como proceso central del trabajo psicoanalítico fue introducida por Freud en 1914.  La acepción más cotidiana del término, en alemán, significa amasar, unir componentes de una masa para darle la consistencia más adecuada.  Amasar, ligar, transformar la materia psíquica en el proceso psicoanalítico requiere tiempo y paciencia. 

En el contexto de la primera tópica y el modelo de la interpretación de los sueños,   la reelaboración alude a ese trabajo largo y silencioso que realiza el paciente para incorporar a la trama psíquica los descubrimientos del análisis, las interpretaciones  que develan el comportamiento de las representaciones inconscientes,  su actualización en la transferencia y en la vida. El resultado de ese largo proceso será una convicción fundada en la apropiación subjetiva del contenido del análisis.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando aquello inconsciente que se repite y actualiza no tiene representación psíquica? 

Cuando prima el acto sobre la palabra y los estados fusionales se imponen a la diferenciación,  el trabajo analítico deberá ocuparse del contexto traumático originario y de la complejidad de la materia prima psíquica en la frontera entre el yo y el ello. Una escucha analítica dispuesta recibirá el impacto de sensaciones confusas, percepciones indefinidas,  huellas de la indiferenciación entre la propia vida pulsional y el funcionamiento pulsional de los objetos primarios.  Escenas densas, indescifrables,  silenciosas, desafían la capacidad del analista para ser agente y partero de una transformación simbólica que requerirá un largo proceso de construcción y de apropiación subjetiva.   

Nos acercaremos ahora a esa clínica del acto y la confusión, a los procesos de elaboración lado a lado con el paciente, como diría R. Roussillon (p.17), y a sus formas específicas de apropiación subjetiva.  Abordaremos una sesión de Blanca, una paciente joven que se producía cortes en los brazos.  En esa sesión emerge, por vez primera, una representación subjetiva con capacidad de figurar estados afectivos hasta entonces destinados a la repetición sin sujeto y a la descarga destructiva.

 

Blanca

 

Blanca se corta los brazos en silencio.  En silencio transcurren algunas noches blancas. No hay recuerdos, temores, fracasos que pueblen la noche. Una angustia potente y difusa, alguna vez. Tan blanca como sus noches. Nada se escucha, nada se dice. Una escena aislada, densa, enigmática que llega a las sesiones sin afectos ni razones, más bien en el lugar de los afectos y las palabras.  Una escena que convoca a la persona del analista como un todo porque está disponible para ello, sabiendo que ha de colocarse allí donde ha fallado el proceso de subjetivación, a la escucha de lo inaudible.

Una tarde Blanca llega a su sesión inquieta, bosquejando una sonrisa diferente, quiere contar lo que ha sucedido aquella noche, algo nuevo, parece querer decir. "Anoche me desperté sobresaltada, tenía mucha angustia, no sabía por qué, pero tenía unas ganas tremendas de cortarme el brazo, no sé si quería matarme, creo que sí, pero lo que me aparecía era hacerme un corte en el brazo.  No podía dormir, me sentía fatal. Pero en un momento me acordé de ti y entonces empecé a tener imágenes del campo de concentración, del tipo de las que vi en el video del colegio.  Aparecía una persona espantosa, un hombre muy delgado, pelado como en los campos de concentración, pero se estaba masturbando.  No pude dormir, pero con esas escenas no tenía tanta angustia y se me pasaron las ganas de cortarme.  Cuando me levanté y fui al lavabo por la mañana, por un momento no quise coger el jabón porque pensaba que estaba hecho con restos humanos"

Blanca sabía que aquella noche había sucedido algo importante. El trabajo mano a mano durante tanto tiempo empezaba a dar sus frutos, una transformación simbólica se había puesto en marcha y la prueba de ello es que había podido imaginar, construir una escena en los límites de la alucinación que había puesto freno a la furia descarnada y ciega que solía descargarse en un acto sin sentido aparente, cortarse los brazos, sangrar hasta encontrar la calma.  "En un momento me acordé de ti" resalta Blanca en su narración; intuye que la presencia novedosa del objeto-analista en su memoria abría las compuertas de unas posibilidades de existencia personal hasta entonces desconocidas.

Por primera vez ella había construido una imagen cargada de sentidos con capacidad para volverse audibles.  Materia psíquica susceptible, ahora sí,  de ser deconstruida  y descondensada fragmento a fragmento, detalle a detalle.

Entre delirio y pesadilla diurna, la escena se abre al territorio asociativo hasta entonces muy escaso y se vuelven posibles las primeras ligazones con sentido y convicción subjetiva: los cortes en el cuerpo, el insomnio,  ciertos hechos de la historia reciente y pasada van anudando sus vínculos secretos.

Cuando Blanca era más pequeña, justo después de que su madre sufriera la pérdida de un pecho por enfermedad y quedase sin cabello, ella empieza a no poder dormir.  Al mismo tiempo, ciertas imágenes provocan horror y adquieren un valor traumático.  Así, un vídeo sobre el holocausto  y la imagen de un hombre al que faltaba una pierna, se transforman en la fuente de una repetición compulsiva que presentifica las imágenes una y otra vez, siempre idénticas a sí mismas, sin concesión a diferencia alguna, convocando un horror sin palabras que bloquea toda tramitación elaborativa.  

La repetición de lo idéntico no dejaba lugar a la asociación ni a la apertura del registro de los afectos matizados.  Todo provenía del exterior, escindido, eyectado a un afuera absoluto, incapaz de reconocer puentes, procesos terciarios que permitiesen ligarlo al interior del psiquismo. Qué lejos nos encontrábamos entonces de los procesos elaborativos que Freud había descubierto para el análisis de la neurosis.

 

Tejiendo con hebras blancas

 

El trabajo analítico con Blanca no era fácil. El largo tiempo transcurrido desde nuestros primeros encuentros y la sesión en la que se la ve emergiendo como sujeto, lo recuerdo  teñido con los colores de la nada, de lo neutro, de lo blanco, desbordado a veces por una angustia sin matices afectivos ni palabras, sólo el relato de noches en vela, o días enteros contemplando con horror una escena fija imponiéndose desde fuera, escindida, cortados los puentes con la vida de fantasía, con la historia, con las vivencias desencadenantes.  La calma sobrevenía por obra de la contención terapéutica, encuadre y analista ofreciéndose para ser usados como receptores interesados, atentos, siempre vivos y a la espera de la creación o la emergencia de un enigma a descifrar. Blanca no sabe qué decir acerca de sí, relata sin hondura en los afectos los sucesos del día y espera, pasiva y entregada, la palabra y la emoción del analista que construya volúmenes en su discurso plano y narrativo.  Por años, la posición de Blanca en la transferencia buscaba inducir la invasión por el Otro en un estado de pasividad vacía y de sopor.  Así, cualquier construcción, hipótesis o relación ofrecida por el analista a partir de sus relatos, era aceptada sin filtro y adoptada como una verdad incuestionable.    Difícil encaje de bolillos el lugar del analista junto a una  paciente que requiere cercanía y compromiso para poner en marcha la capacidad de investir su mundo interno, y el riesgo constante de reeditar la invasión subjetiva del objeto primario.

Blanca es la única hija de un pintor sin éxito y nieta de un pintor famoso cargado con un inconmensurable ego que desprecia la pasividad y debilidad de un hijo inteligente, sensible y creativo pero sin lugar como sujeto. De hecho, cuando la vida psíquica de Blanca puede comenzar a organizarse en representaciones simbolizables, ella sueña con su padre estirado en el lecho, sin brazos ni manos, incapaz de abrazarla o señalarle un camino en la vida.  Una escena de castración real, tan parecida a la imagen de los mutilados que escenificaban años antes el horror congelado.

 La madre de Blanca es una cantante de blues, atractiva, hermosa y reflexiva, potente intelectualmente, muy apegada a su hija a la que siempre intenta significar sus estados afectivos con un discurso tan bien fundamentado y cargado de tanto saber, que Blanca no puede si no hacerlo suyo sin filtro alguno;  discurso aprendido sin subjetivar que no consigue ligar la vida pulsional  y construir tejido psíquico.  La madre de Blanca se deprimió tiempo después de su nacimiento y vivió estados de despersonalización.  No pudo hacerse cargo de ella en ese lapso a pesar de amarla.  Madre deprimida, madre muerta durante ese tiempo, madre que reactiva el drama originario de Blanca cuando le extirpan un pecho, cuando se queda sin pelo y se deprime, a los 8 años de la hija.  La madre de Blanca sufre de insomnio. Cuando ella no duerme, Blanca tampoco duerme.  A veces va la cama de su hija. Allí se siente más cobijada.  Blanca como un eco de su madre, recibe sus estados afectivos como propios.  Madre, doble ominoso que arrasa la subjetividad de la hija al imponerle sus estados afectivos.

Cuando llega a la adolescencia, Blanca se viste con los ornamentos de la histeria y se entrega a múltiples amores que reclaman su notable belleza, su amor, su sexo.  Abierta al deseo ajeno, libre, excitada, Blanca se aboca  a una sensualidad que lo inunda todo y acaba arrasando cualquier signo de subjetividad.  Ella  se dirige al hombre, como antes al padre, intentando restaurar la falta de deseo propio y el desfalleciente narcisismo.  Pero el encuentro amoroso no pulsionaliza al yo desplegando el brillo narcisista del amor a sí misma sino que pulsionaliza las defensas (Green, 1993, p.185).  Se trata de las pulsiones de destrucción.  Buscando el erotismo como defensa contra la desertificación psíquica Blanca acaba reeditando el vínculo con la madre,  disolviéndose en el otro, el dueño del deseo, mientras ella se desliza al territorio de lo neutro,  del no deseo, del desconocimiento del yo respecto de sí mismo, de la disolución de lo Uno en lo Otro, con lo cual, Uno y Otro desaparecen en el reino de la nada (Green, 1976).  Aquí, el trabajo de lo negativo (Green, 1993) bloquea el trabajo psíquico y afecta a la aparición misma del deseo. 

La transferencia no escapa a la fuerza de lo negativo.  El encuadre interno del analista hubo de sostener una contratransferencia que se veía impulsada con fuerza a ocupar alternativamente el lugar de la madre invasora o el lugar de la madre muerta.  Pero finalmente fue posible ir creando un vínculo confiado y menos confuso, acompañante, atento y siempre vivo,  un espacio cercano y reasegurador, antitraumático, en el que Blanca se sentía admitida  en su nada vital. Con el tiempo apareció la risa y el disfrute en el juego de producción conjunta de pequeñas construcciones  que atisbaban sentidos nuevos tras su padecer y ligaban sucesos de su historia.  Fue posible, aún,  jugar al juego de las ausencias y presencias pudiendo sentir sin desinvestir.  Fuera de las sesiones, la vida continuaba igual y cada tanto, las vivencias imposibles de tramitar la llevaban a un silencio sin fin, sólo bordeado por la angustia que acababa en uno o varios cortes sangrantes en los brazos, cortes solitarios, secretos, que conseguían disminuir el horror.  ¿Pura descarga de cantidad?  No lo creo así.  Un transfondo de satisfacción masoquista sostenía una de las vertientes del acto silencioso.  Pero además, las asociaciones que surgieron a partir de que Blanca pudo rescatar una vía figurativa, alucinatoria, personal, permiten pensar que retazos fantasmáticos e identificaciones incorporativas muy antiguas, conferían sus formas al acto. 

 

Del acto a la palabra

 

Volvamos la mirada hacia aquella sesión en la que Blanca recuerda a su analista y despliega un sueño despierta, una melodía para el terror hasta entonces sin sonido, sin palabras, sin imágenes.  "Anoche me desperté sobresaltada, tenía mucha angustia, no sabía por qué, tenía unas ganas tremendas de cortarme el brazo, no sé si quería matarme, creo que sí, pero lo que me aparecía era hacerme un corte en el brazo.  No podía dormir, me sentía fatal.  Pero en un momento me acordé de ti y entonces empecé a tener imágenes del campo de concentración, del tipo de las que vi en el video del colegio.  Aparecía una persona espantosa, un hombre muy delgado, pelado,  como en los campos de concentración, pero se estaba masturbando.  No pude dormir, pero con esas escenas no tenía tanta angustia y se me pasaron las ganas de cortarme.  Cuando me levanté y fui al lavabo por la mañana, por un momento no quise coger el jabón porque pensaba que estaba hecho con restos humanos"

Restos humanos, trozos deshilvanados e incomprensibles de  vivencias infantiles, del funcionamiento pulsional de los padres, de  historias transgeneracionales, de sentimientos no sentidos, de pensamientos no pensados.

Por primera vez  Blanca podía hacer suya su propia subjetividad en lugar de verse arrasada y condenada al silencio de la desinvestidura de los sentimientos y pensamientos.

Como si del análisis de un sueño se tratase, la escena imaginada se va abriendo con torpeza a la asociación, fragmento a fragmento, con sorpresa e interés,  tristeza a veces, pena y llanto también al figurar para sí la imagen dolorosa que sus padres proyectaban. 

Las primeras asociaciones toman forma en un clima de máxima emoción e inseguridad. Con la escucha puesta en los sentimientos y sensaciones que desprende la escena, Blanca habla de soledad, inferioridad y sometimiento. Al momento, dice: "creo que esa soy yo".  Ya en un incipiente estado autoreflexivo cargado de emoción, construye sonidos para lo  inaudible: "me veo como un desecho, algo desparramado, como trocitos por el suelo"

Doloroso, si.  Pero se va desvaneciendo la angustia traumática propia de la no representación, aquella que solo puede ser sentida por el yo, con angustia, como un exceso de excitación.  

Poco después, ambas descubrimos que en verdad aquella noche, antes de desear hacerse un corte en el brazo, había percibido borrosamente esa sensación de inexistencia, de desecho, de inferioridad y sometimiento total a los deseos arbitrarios del otro.  Pero había borrado inmediatamente esas percepciones, las había evacuado y desinvestido quedando a merced de una carga de excitación que sólo podía buscar su descarga en un acto.  Eran el resultado de un encuentro sexual con un joven también inundado por angustias de muerte relacionadas con  un cáncer voraz de su amada madre. Comunidad de dos huérfanos potenciales, fusión y desaparición de la propia subjetividad.  Recuerda la forma en que  Freud concibe los dobles en Lo Ominoso donde describe el salto de procesos anímicos de una persona a otra en un proceso en el que el yo ajeno se sitúa en el lugar del propio (p. 234). 

Blanca se ofrece al otro desde una posición masoquista que induce al arrasamiento subjetivo, reeditando su posición fantasmática con los objetos primarios. El yo es devorado en la experiencia de placer (Green, 1993, p. 178), vaciado y sometido a un otro no diferenciado de sí. Como dice Green citando a Keats, es un yo "half in love with death" (1976,  p.52)

Cadenas asociativas que parten de la escena imaginada despuntan en sucesivas sesiones. La figura del hombre pelado, masturbándose, se revela como una imagen muy sobredeterminada, en la que se condensan identificaciones al padre mutilado, a la madre con un pecho cortado y sin pelo,  su propia fantasía de ser un desecho a merced de un otro poderoso y arbitrario que la somete. El recurso a la excitación sexual debía escenificar el  intento desesperado de reintegrar la experiencia traumática en el dominio del principio del placer.  Y más allá, el fantasma de la madre muerta en los albores de la vida de Blanca, tal vez sobre un lejano telón de fondo que registra ancestros confinados en un campo de concentración.

 

Del acto a la palabra.  Un largo recorrido de trabajo analítico abrió las puertas a la figuración representativa, la materia psíquica de los sueños, susceptible de ser asociada, interpretada, transformada en palabras.  Blanca se fue adueñando de sí, de sus pulsiones, de sus fantasmas.  Condición de esa transformación subjetiva fue la creación de un objeto interno, paraexcitador,  estimulante de las capacidades creativas.   "Me acordé de ti" dijo Blanca, antes de construir una imagen onírica que dio figurabilidad a las piezas dispersas del horror y permitió escuchar los primeros sonidos del silencio.

 

Bibliografía

 

BOTELLA, C. y S. (2001), La figurabilidad  psíquica. Bs.As.: Amorrortu editores, 2003.

FREUD, S.  (1914)  Recordar, repetir y reelaborar.  Obras Completas (OC), Vol. XII.

                 Bs.As.:Amorrortu editores, 1980.

______           (1919)  Lo ominoso. OC. Vol. XVII

GREEN, A. (1976),  "Uno, otro, neutro: valores narcisistas de lo mismo". En:

                 Narcisismo de vida, narcisismo de muerte. Bs.As.: Amorrortu editores, 1986.

______     (1993),  El trabajo de lo negativo.  Bs.As.: Amorrortu editores.

ROUSSILLON, R. (2007), "La perlaboración y sus modelos". Revista uruguaya de

                 psicoanálisis, 2007, 105, p. 7-25